Ahí van más fotografías...


Para celebrar su primera semana, ayer empezó a usar el chupete que, por cierto, le encanta...
No me negaréis que es una monada...

En cuanto a nuestros compañeros de autobús, haré una descripción somera: dos parejas de andaluces de Algeciras que cumplían todos los tópicos: graciosos y juerguistas; una pareja de asturianos de unos 50 años, concretamente de Mieres; un picoleto con acento madrileño (bastante arrogante) con polo con la bandera de España, bermudas y náuticos sin calcetines, y su mujer, de acento canario (mi hipótesis: lo trasladaron a él a Canarias, allí dejó embarazada a su mujer y tuvo que casarse con ella; tenían toda la pinta); una pareja madura de gallegos en los que al hombre, que apenas hablaba, le daban arrebatos de repente y gritaba algo en alto tipo “¡a comer que hay fame!”; una pareja de recién casados madrileños a los que no les gustaba nada de la comida y tenían alergia a todo (entre otras cosas, al olivo, por lo que lo pasaron bastante mal); y otra pareja madura de hombre cacereño y mujer madrileña, cuya hija estaba de Erasmus en Tesalónica. Había más gente, pero ya no llamaban la atención.
Lo peor del circuito era que comíamos todos juntos, compartiendo mesa, con lo que no quedaba otra que relacionarse. Con los que más contacto tuvimos fue con los andaluces, la pareja de alérgicos y el cacereño y su mujer. No eran mala gente, la verdad, pero acaba uno un poco harto de verlos cuatro días seguido...
La ruta del primer día fue la siguiente: Atenas - Corinto - Epidauro - Micenas - Nafplio - Tripoli - Megalopoli - Olympia
La salida de Atenas, dirección Corinto, tuvo lugar atravesando una zona portuaria bastante fea. Refinerías petrolíferas, almacenes, naves industriales... y escondido entre todo ello, las ruinas del santuario de Eleusis, adonde se iba en procesión desde Atenas, supongo que por el mismo sitio ocupado por las fábricas. Cuánto ha cambiado la zona desde entonces...
De Corinto seguimos al Teatro de Epidauro. Allí se supone que había nacido Asclepio-Esculapio, hijo de Apolo, que fue famoso en la antigüedad por sus poderes curativos. Epidauro se convirtió en lugar de peregrinación de gente que quería curarse milagrosamente (como Fátima hoy en día, vamos, pero con más estilo). Básicamente, vimos el teatro, muy bien conservado y bastante espectacular, demostración incluida de una tía dando palmas para que apreciáramos la buena acústica. La verdad que la tenía.
Tras ver el Tesoro de Atreo, también llamado Tumba de Agamenón o de Clitemnestra (llamado porque sí, no porque estuvieran enterrados allí), que ya impresionaba bastante por el tamaño de los sillares que lo franquean, llegamos, poco a poco, a la Puerta de los Leones... Si ya me emocionó la Acrópolis, no podría definir lo que sentí al subir la rampa y franquear la Puerta... pensar en la salida del ejército hacia Troya... la vuelta del rey de Micenas y de los Aqueos, Agamenón, tras la caída de Troya para ser asesinado por su mujer, Clitemnestra, y su amante, Egisto.... todo mito, claro está, pero Schliemann descubrió el lugar (y las ruinas de Troya) basándose en Homero, con lo que dicho mito tiene cierta base histórica. Tuvimos suerte porque fuimos a una hora en la que estaban a punto de cerrar y había poca gente, por lo que pudimos recrearnos bastante en disfrutar del sitio... La verdad que me dio pena volver a atravesar la Puerta de los Leones al salir, por la rampa que pisaron tantos héroes míticos... pero así es la vida, tocaba ir a otro lado, concretamente a comer a un restaurante llamado “El Palacio de Agamenón”... Cualquier parecido con Micenas era pura coincidencia... Tocaba moussaká... Me quedé con ganas de ver las ruinas de Tirinto o de Argos, importantes ciudades micénicas, pero en otra ocasión será...
La segunda cosa, bastante macabra: una especie de pequeños altares con aceites y urnas en su interior que se ven en muchas zonas de las carreteras, en la cuneta. Según nos explicaron, se trata de sitios donde murió gente en accidente. La familia y amigos les coloca un altar para recordarlos. Había curvas con 12 altares...
Y la tercera, además de que todas las casas tenían placas de energía solar (subvencionado por el estado), fue la cantidad de casas a medio construir, o sin tejado, con todos los hierros del hormigón al aire. Algo muy llamativo, con casas donde vivían en la primera planta pero tenían el bajo sin construir... pero mogollón... la razón, según me han explicado, que se paga menos contribución, o renta, o lo que sea... debe ser curioso lo de las licencias de construcción en Grecia...
Dejábamos el anterior relato en la llegada a Atenas, capital de la actual Grecia. Por dar algún dato sobre la ciudad, decir que tiene unos 3 millones de habitantes (más de cuatro si le sumamos la zona portuaria del Pireo y su área metropolitana) y que concentra aproximadamente a un tercio de la población griega. Siempre que hablamos de Atenas, a todos nos viene a la mente la Acrópolis, el Partenón, el Erecteion y las cariátides... vamos, la época clásica, en el siglo V a. C. Y poco más... esto se explica porque tras ser conquistada Grecia por los romanos, allá por el siglo II a. C, y desde que Justiniano suprimiera su universidad allá por el 529 de nuestra era, Atenas conoció tiempos de decadencia... y así llega hasta 1832, cuando Grecia obtuvo su independencia del imperio otomano (los turcos), y en 1834 recibió la capitalidad del estado (antes era Nauplio la capital). Atenas de aquella tenía unos 5.000 habitantes. A partir de ahí, tuvo un crecimiento constante con dos momentos cumbre: la vuelta de los griegos emigrados en Asia Menor tras la guerra con Turquía en la década de 1920 y tras la II Guerra Mundial, como otras tantas ciudades. Y ese crecimiento acelerado tiene su plasmación física en el actual trazado urbano y sus edificaciones... Fin de la introducción.Nuestro día en Atenas amaneció a las ocho y media de la mañana. La razón: el horario de desayuno del hotel finalizaba a las nueve. Tras un café griego totalmente aguado, al que luego me acostumbraría y me parecería hasta rico, nos dispusimos a enfrentarnos a la capital griega y el primer destino, que no podía ser otro que la Acrópolis...
Ya desde la ventana de la habitación pudimos ver las primeras imágenes de la urbe que se podrían resumir en la palabra caos. Gente cruzando por en medio del tráfico, bastante intenso; multitud de motocicletas del año catapún; taxis; ruido... vamos, Atenas en estado puro... pero era lo que imaginábamos, una ciudad con vida...
Antes de salir del hotel, decidí hacer uso del idioma griego para preguntar en recepción sí se podía ir andando desde allí a la Acrópolis La pregunta estaba perfectamente formulada, claro, al igual que la respuesta que me dieron, de la que lo único que comprendí es que la recepcionista aconsejaba ir en metro (porque nos señaló en el mapa, claro está). Recordé el consejo de un amigo grecohablante que me recomendaba utilizar el inglés porque no iba a entenderme bien con los griegos...
Total, que salimos del hotel y enfilamos la Avenida Pireos en dirección a Omonia y su parada de metro. Por el camino, vimos los primeros quioscos llamados “perípteros”, donde se vende de todo, hasta películas porno. La plaza de Omonia, una de las principales de la ciudad, es un hervidero a cualquier hora. Gente por todas partes, quioscos, yonquis, pakistaníes, tiendas de pan... no cabe duda de que Atenas es una ciudad occidental, pero el ambiente tiene algo oriental, algún olor y sabor de ciudad árabe...
Tras llegar en metro a la estación de Acrópolis, comenzamos nuestro homenaje a los antiguos griegos y subimos hacia los monumentos... No podría describir mi emoción (reflejada en mi cara, según mi acompañante) al subir por las faldas de la Acrópolis en dirección al Teatro de Dioniso, la primera parada. Imaginar a las gentes en la época clásica subiendo aquel camino, a Jerjes y los persas arrasando Atenas durante las Guerras Médicas; a Pericles y Fidias en dirección a las obras del Partenón... Impresionante. Tras visitar el teatro (veríamos unos cuantos más en el viaje), pasar al lado del Pórtico de Eumenes y ver desde fuera el Odeón de Herodes Ático, enfilamos el camino a los Propileos, pórtico de entrada a la Acrópolis, donde nos golpeamos con la marea de turistas... lo que éramos nosotros, mayormente.
La verdad es que los Propileos impresionan por sus dimensiones y por el mármol brillante (por efecto, claro está, del paso de los turistas) del que están hechos... no pude evitar tocar las columnas, pese a los carteles de prohibición... y es que cuántas manos habrán tocado aquella columna antes que yo... las de millones de turistas, claro... en ese momento, aprovechamos una sombra para protegernos con crema solar (eran las diez de la mañana pero el sol griego comenzaba a azotar sin misericordia). Recordé una frase que aparecía en un diálogo del libro para aprender griego moderno“Elliniká Tora”: “Ο ήλιος στην Ελλάδα είναι πολύ δυνατός” (El sol en Grecia es muy potente).
La verdadera emoción llegó al subir los escalones y contemplar la explanada: a la izquierda, el Erecteion y las Cariátides; y a la derecha, el Partenón que, pese a estar hecho polvo, impresiona bastante... algo atónitos, nos dirigimos en primer lugar al Erecteion. No me voy a parar en detalles: muy bonito, aunque las Cariátides no parecen tan grandes de cerca, lo de la marca del tridente de Poseidón en la puerta me pareció una auténtica frikada y lo del olivo sagrado de Atenea otra; me gustó su variedad de perspectivas, es un santuario distinto según desde donde lo mires.
Tras un rato y varias vueltas al Partenón admirando su magistral sencillez, decidimos bajar hacia la roca del Areópago. Tras sentarnos en ella y reflexionar sobre cuántos juicios se dirimirían allí, bajamos en dirección al Ágora, el centro administrativo y de la vida pública en la época clásica... Vimos el Teseion, el templo mejor conservado de la época, restos de edificios, cloacas, gimnasios... y los perros de Atenas... cómodamente tumbados a la sombra del museo y haciéndose fotos con los turistas... un tema curioso el de los perros en Atenas. Los controla el ayuntamiento, y viven en total comunión con la ciudad y en medio de su caos sin mayor problema... salvo que los molestes... entonces son implacables...
Tras el empacho de piedras, decidimos bajar al barrio más típico y tópico de Atenas: Plaka. Y hago aquí un inciso: dado lo gracioso de nuestro carácter español, estoy seguro que las dos cosas que más oyen los griegos de boca de un hispano es el “Jronia que Jronia” y el “plaka, plaka”. Es lo que hay... Simplemente, y por si alguien aún no lo sabe, que Jronia (en griego Χρόνια) es el plural de Xronos (Χρόνος) que significa “año”. El “que” es “και” en griego y significa “y”. Por tanto, Χρόνια και Χρόνια, “años y años”. Así que ya sabéis, españolitos, las gilipolleces que decís en griego... Lo del plaka-plaka no merece la pena aclararlo. Quien no conozca al “Yoyas” de Gran Hermano ya es un tremendo afortunado y no voy a ser yo quien le amargue la vida...
Tras este inciso, decir que Plaka me pareció el típico barrio turístico como en otros tantas ciudades y países, con ochenta mil tiendas de souvenirs y ochenta mil bares, con camareros pesadísimos en la puerta a la caza del güiri... tras sortear a una docena de camareros y, tras múltiples indecisiones (ya sabéis, todo el mundo quiere timar al turista), acabamos sentados en la terraza de una taberna bastante cutre en la calle Mitropoleos, en la que la gran mayoría eran griegos (buena señal, supongo). Allí nos zampamos sendos “soublakis”, uno de carne y otro de pollo, que son una especie de pinchos morunos a la brasa, acompañados de patatas y pan de pita.
Ya me he extendido demasiado. El resto del día lo dedicamos a ver el Templo de Zeus que, pese a lo ruinoso, impresiona por sus dimensiones, y las murallas de Temístocles (supongo que restos de los “muros largos” que llegaban hasta el Pireo).
Otro día contaré la anécdota de la calle de los yonquis, al lado del hotel, y de lo que tuvimos que atravesar para llegar a Psirí... pero creo que ya he escrito demasiado...
Situémonos. Lunes, 12 de mayo. Dos días después de la boda. Y nueve días después de la preboda. Con todo lo que ello implicó de preparativos, atender a gente, preparar en el trabajo asuntos para la ausencia, beber, comer... Vamos, que teníamos bastantes ganas de largarnos y desaparecer de la circulación quince días... Este es el principio de la crónica de esos quince días...
CONTRAS
Y, si no, siempre nos quedará Llamazares...
El documento está sacado de una biografía de Franco en tres tomos localizada en casa de mi abuela. Perdonad la calidad, puesto que es una foto del libro.La Puerta del Sol a rebosar. Puestos llenos de décimos. Gitanos, payos, ecuatorianos, todos mezclados... Navidad multirracial. Los españolitos hacen cola para comprar sus décimos. Por 20 euros te puedes llevar 20 mil... vaya chollo. No soy jugador (tendré que trabajar toda mi vida, claro) y no sé a cuánto sale la quiniela o la primitiva, pero seguro que por un euro te puedes llevar 4 ó 5 millones. Que lo de la lotería es un timo, vamos. Pero da igual, es una tradición española y debe seguir siéndolo. Y la vara que nos queda por aguantar este finde con los descorches de celebración y todos los tópicos: tapar agujeros, cancelar la hipoteca, regalos para los niños... me aburro sólo de pensarlo...
Qué pasa neng
Está de moda. En todas las cadenas. A todas horas, dando la vara. Sergi. El tarado agr
Otro tema de moda. Hasta los huevos nos tienen. Entre el Nobel Al Gore (¿pero
Personalmente, creo que la humanidad contamina más que nunca y que, tarde o temprano el planeta lo pagará, pero para certificar un cambio climático hacen falta, al menos, 30 años de medicion
Lo dejábamos en el tercer día, que empezó raro, muy raro. Tras d
Ese día íbamos a ir a un mercadillo que se instala cerca de un puente. Pero nos equivocamos de puente. Y estábamos en el quinto pino, muy cerca de los antiguos pabellones de la Expo. Por lo menos atravesamos Triana y vimos algunos personajes pintorescos. Decidimos ir del tirón al Parque Maria Luisa y la Plaza de España, pese a estar en el otro extremo, pero había que aprovechar el tiempo, que era el último día. Una parada para una cañita a las once de la mañana, y para allá vamos...
Entre y una cosa y otra. Doce del mediodía. El sol en lo alto. Plaza de España. Cemento. Ladrillos derritiéndose. Gitanas con ramitas de no sé qué leches. “Güan for uros. Tri for ten”. Ese era el precio de los abanicos que vendían las mismas gitanas. Viva la gracia andaluza y la soltura con los idiomas. Hicimos algo muy tópico en esa Plaza, sede principal de la Exposición Universal de 1929: buscar tu provincia y fotografiarte. Hay una especie de murales y bancos de azulejos que ocupan todo lo largo de la plaza, donde están representadas todas las provincias españolas en el año 1929. Una putada, porque de aquella las provincias se llamaban Oviedo y Pamplona, y no Asturias y Navarra, lo que implicaba que había que recorrérsela entera. Con el sol acechando. Tras las fotos de rigor y, a la sombra, contemplamos la plaza. Un poco sucia, con cierta decadencia, pero no está mal. Pese al calor, nos acercamos al “cercano” Parque María Luisa, porque servidor estaba empeñado en ver un par de antiguos pabellones de la Expo mencionada, uno en estilo mudéjar, y que hoy son museos. Y las famosas palomas blancas que te comen en la mano. Menuda caminata. Y menudo calor pese a la sombra de los árboles. Aquí sí que había guiris en coches de caballos, y en una especie de triciclos enormes para 4 ó 5 personas. Felices ellos, surcando el parque. Un detalle que me llamó la atención en el parque y en Sevilla en general: el tamaño de los magnolios. Acojonante. De diez metros de alto y un tronco de casi metros de grosor. Si los viera Gabino... Supongo que será a causa del clima, bastante benigno en invierno...
Cuando salimos del parque, a eso de las dos de la tarde, estábamos medio muertos. De sed, de calor y del recuerdo del puto zumosol... Tras un largo camino, decidimos comer en un bar al lado del hotel. Bar Tino. Pinta cutrilla, pero suelen ser los mejores. Pedimos un revuelto y unas patatas ali oli, por aquello del calor, además de unos cuantos botellines de agua. Nos costó terminar, estábamos llenos y a punto de la insolación. Tras comer, nos recluimos en el hotel hasta la tarde, como siempre. Siesta. Pero algo iba mal. Me desperté algo fastidiado, como con un poco de fiebre y con el estómago mal... el puto zumo... o la insolación... no sé... en la tele Alberto Contador se quedaba de la rueda de Radmunssen, que ganaba la etapa... tomé un paracetamol y parecía que mejoraba algo, pero no estaba bien. Mi acompañante empezaba a sufrir los mismos síntomas... ay ay ay... que pasará...
Tras unas cuantas horas sin salir del hotel, sufrí el segundo efecto secundario: diarrea... Mal asunto. Mi acompañante no tardó muchos minutos en ponerse también mal y vomitar... mala pinta tenía aquello, pero pensamos en indigestión, insolación, el puto zumo... Con el malestar ni siquiera cenamos. Ya de noche, servidor pasó por el mismo trance del vómito... Y por una noche horrible. No podíamos dormir, nos dieron las dos, las tres, las cuatro... y, tras una última visita al baño, decidimos acudir a urgencias. Llamamos a un taxi y para allá fuimos. Al hospital Virgen Macarena, donde llegamos casi a las cinco...
En este punto, yo ya iba algo mejor, no así mi acompañante. Entramos, dimos nuestros datos en una ventanilla. Allí nos imprimieron dos documentos que tuvimos que dar en otra sala, atendida por un tío con traje verde que estaba dentro con la luz apagada mirando al frente (absolutamente verídico) y que parecía que le costaba hacer cualquier movimiento. Esperamos una hora en la sala. Menudo espectáculo. Estaba llena, y de gente que no parecía tener graves problemas de salud porque se reía y hablaba a grandes voces. Aquello parecía un mercado en hora punta. Olé el salero. Hora y media. Nos atienden a la vez. A la médico, de MIR recién aprobado, y a las enfermeras, les hacía gracia que fuéramos de Navarra... Pulso, tensión... nos van a hacer una radiografía porque teníamos gases y que, probablemente, sería una gastroenteritis por algo que habíamos comido en mal estado... la ostia... el Bar Tino, las ali oli... todo cuadraba, claro... Nada del zumosol...
Mientras esperábamos, con un suero puesto en vena (por aquello de la deshidratación), comenzaron las cábalas: ahora qué hacemos. En pocas horas debíamos recoger nuestro coche alquilado y partir rumbo a Puerto de Santa María, a unos 125 km. Dudamos seriamente que pudiéramos hacerlo... y más aún cuando eran más de las 7 y media de la mañana cuando nos despacharon, finalmente, en urgencias. Dieta blanda, aquarius, mucho agua... qué putada... Servidor, que estaba más recuperado, tomó una decisión que mi acompañante a duras penas aceptó: en vez de ir al hotel, dormir, e irnos antes de las doce, nos piraríamos ya, a las ocho de la mañana. Yo conduciría el coche hasta Cádiz y allí dormiríamos tranquilamente. De acuerdo...
Tras un largo periplo que incluyó otro taxi, hacer la maleta, esperar al autobús con un tráfico del copón y un loco dando voces alrededor, buscar la agencia de alquiler de coches, esperar la cola, y montar en el coche, a las nueve y pico de la mañana salíamos para Cádiz en nuestro minicoche (Citroen C2)...
Pero esa es otra historia, que corresponde al capítulo III...
La he fragmentado en dos volúmenes porque me he puesto a escribir y el contenido ha fluido a borbotones. Soy consciente de que es muy pesado leer mucho texto en pantalla. Allá va...
Dejábamos el anterior relato en la llegada a Sevilla. Eso es, estación de Santa Justa (a toda mecha). Lo primero que hicimos al llegar fue buscar una oficina de turismo en la propia estación, que la había. Llegué al mostrador de la misma como único cliente en ese momento, mientras los tres trabajadores de la oficina conversaban amigablemente sobre algún tema que se me escapaba, pero que me hizo esperar impaciente algún minuto más de lo deseado. Tras ser atendido, hice mi petición: un plano de la ciudad. La mujer que me atendía arrancó y me dio una hoja de papel de un bloc cuyas hojas eran el propio plano de Sevilla. Otra pregunta, ¿hay algún autobús que nos deje cerca de la Plaza Duque de la Victoria? La línea 32, creo, que tiene parada aquí mismo, enfrente de la estación. Perfecto, plano y autobús, para qué queremos más.
Salimos de la estación felices pero recibimos un brutal impacto: 45 grados de calor sofocante a las 14 horas... la parada del bus a unos doscientos metros... y dos maletas... allá vamos... llegamos a la parada sudados y nos toca esperar quince minutos... tengo hasta mareos... la gente que espera con nosotros parece estar cómoda... llega el bus y subimos. Va medio vacío y nos sentamos. Durante el viaje, voy consultando el plano de Sevilla mientras apunto las calles por las que pasamos. Son curiosos los carteles de las calles de Sevilla, de azulejos y enormes, por lo que es difícil no verlos. Llegamos a la Plaza, muy cerca de la zona comercial y con un Corte Inglés, y entramos en el Hotel Derby, nuestro hogar las siguientes tres noches que nos recibe con el aire acondicionado a tope...
Llegamos a recepción y nos encontramos una escena curiosa: una mujer pide consejo sobre algún sitio para comer y el recepcionista encorbatado le indica amablemente. Junto a él, otro tipo con camisa blanca y (parece) pocas luces repite los gestos del propio recepcionista pero sin hablar... como con mímica... un tanto surrealista. El recepcionista era un híbrido entre el presidente del Valencia CF y un tío que sale en un anuncio y al que su perro le abandona cuando le toca el cupón de la ONCE. Tras comprobar la reserva, todo correcto, nos entregó la llave de la habitación, que resultó ser una tarjeta agujereada que había que introducir en una ranura de la puerta... En el vestíbulo una extraña máquina de limpiar zapatos que funcionaba con monedas llamó nuestra atención... Tras revisar la habitación y dejar los trastos descubrimos que tenemos hambre, mucho hambre... no había tiempo para buscar algo típico. El McDonalds sabe lo que nos gusta... Tras la comida, una siesta hasta las siete de la tarde parecía ser lo mejor que podíamos hacer...
Cuando despertamos y salimos el problema que nos encontramos fue que, en Sevilla, el calor no amaina con el atardecer. Es sofocante realmente, mucho más que en el valle del Ebro... Decidimos hacer la primera visita al Guadalquivir y a la Torre del Oro, que no estaban lejos del hotel. Sudando y agobiados llegamos al río que subieron los vikingos en no sé qué año (recuerdo leer algo sobre el tema en Noruega). Triana en la otra orilla, la Torre del Oro a nuestro lado. La Maestranza cruzando la calle. Sevilla en estado puro. Piragüistas en el río, verdoso, parecían pasarlo bien jugando a una especie de hockey acuático. Típicas fotos de turistillas y a cenar. Esta vez sí buscamos una tasca o taberna Serrano, con su virgen en la pared, y nos decantamos por unos boquerones fritos y unas puntillitas (como los chopitos asturianos). Todo ello regado por varias cañas de Cruzcampo, que es a Andalucía lo que la sidra a Asturias... Tras tomar un helado y callejear un poco, decidimos volver al hotel a descansar, que ya era hora y mañana sería otro (y caluroso) día.
El segundo día lo dedicamos a visitar los Reales Alcázares y la zona de la Giralda por la mañana, antes de las 13 (por aquello del sofocón). Resumiendo: mucho mozárabe, mudéjar, patios con agua, murallas, jardines palacio de Indias, Giraldillo, barrio de Santa Cruz, etc... realmente bonito. Conocimos la calle Sierpes, famosa por sus comercios que, en realidad, son los mismos que en toda España. Una Casa del Libro me llamó la atención (sólo conocía la de Madrid). Más allá, en la avenida de la Constitución, una FNAC demostraba que Sevilla es una gran ciudad europea... Con sus güiris, claro está. Increíble la cantidad de turistas, sobre todo topiquísimos italianos, que acuden a la del color especial para vivir su embrujo y su duende... Otro aspecto típico sevillano: los coches de caballos. Pobres animales, allí plantados de pie con 45 grados a la sombra esperando al güiri incauto que quiera darse una vuelta... pocos vi con gente montada, la verdad, y es que el turismo ya no es lo que era... Ese día acabamos cenando en una pizzería instalada en unos antiguos baños árabes restaurados, un entorno cojonudo. De todas formas, mi impresión de Sevilla tras este día empezaba a cambiar un poco, y me recordaba mucho a la Gran Vía de Madrid: mucha gente y consumismo, en un entorno atractivo arquitectónicamente. Y así llegamos al fatídico tercer día...
Continuará en otro post...